Viajé mucho, pero sobre todo tuve la suerte o el atrevimiento de vivir en varios lugares. Esto me permitió observar a mujeres de todo el mundo. Se supone que, al ampliar el panorama, uno entiende más. A mí me pasó al revés, cuantas más culturas conocía más dudas tenía. Encontraba patrones de conducta que tenían en común las mujeres a nivel global y me empecé a cuestionar si su comportamiento depende del contexto sociocultural o más bien del género. Lo único que me quedaba claro es que en muchos aspectos no las podía descifrar. Obviamente el problema no era solo mío. A lo largo de la vida de cada hombre hay innumerables momentos en los cuales no entendemos a las mujeres y a ellas les pasa exactamente lo mismo con nosotros. Esto nos lleva a menudo a tener prejuicios, a creer en teorías arbitrarias, a juzgarnos cada uno con sus lentes, a invalidarnos, a entrar en conflicto y a veces incluso al odio y a la violencia. Todo por ignorancia.
En las últimas décadas nos lavaron tanto la cabeza con el relato que somos iguales que al final, quien más quien menos, nos comimos ese cuento. Pasamos de una narrativa retrógrada y errónea a una narrativa progresista e igualmente errónea. Ambas científicamente infundadas. No hay superioridad de género, como planteaba el patriarcado, pero tampoco somos intercambiables, como nos quieren contar ahora. Somos distintos. Las sociedades y las culturas en las cuales vivimos claramente influyen pero hay algo más. La evolución nos modeló uno en función del otro. Imperceptiblemente pero constantemente. Generación tras generación. Por millones de años. Llegamos hasta acá gracias a este asombroso proceso evolutivo y podríamos vivir mucho mejor si solo lo conociéramos un poco.
La frustración de no entender y la curiosidad me empujaron a estudiar. Empecé buscando diferencias biológicas de género. Quería algo científico, lo más científico y sólido posible. Terminé descubriendo la psicología evolutiva. Más allá de las cuestiones de género, fue un antes y un después en mi vida. Me cambió la perspectiva con la que miraba mi especie. De estadica a dinámica. Un libro sobre todo fue muy revelador: “La evolución del deseo” de David Buss. Fue mi punto de partida. Después profundicé buscando más y más estudios a través de Claude.
Antes de empezar a resumir los puntos más interesantes de toda esta aventura en la investigación, es necesaria una premisa. Todo lo que sigue es el resultado de investigaciones científicas y papers de prestigio, que podrán chequear con su IA favorita. Estos estudios no fueron realizados para demostrar una teoría en particular, sino que a raíz de las evidencias científicas halladas se formularon teorías. No son partidarias de ningún género. Y el objetivo no es justificar instintos sino entender de dónde vienen. Ser conscientes nos ayudaría a controlarlos más en nosotros y aceptarlos más en el otro género. Muchas cosas no te gustarán. Pero ¿qué quieres que te diga? Es la ciencia, estúpido.
¿Las mujeres son más selectivas que los hombres?
Contexto biológico: el hombre produce millones de espermatozoides que se reponen a una velocidad de unos 12 millones por hora, la calidad baja con la edad pero lentamente. Mientras la mujer produce aproximadamente 300 y 500 óvulos en toda su vida, una cantidad fija que no solamente no se repone sino que se pierde exponencialmente y drasticamente después de los 35. La mayor inversión inicial femenina no acaba en el óvulo. La fecundación y la gestación se producen en el interior de la mujer. Un acto sexual, que requiere una mínima inversión masculina, puede producir una inversión obligatoria de nueve meses de consumo de energía en la mujer durante el embarazo más una inversión que puede durar tres o cuatro años con la lactancia, la alimentación y la protección. La asimetría en la inversión parental inicial convierte el esfuerzo reproductivo femenino en un recurso valioso pero limitado que ella no puede asignar de forma indiscriminada, ni tampoco proporcionárselo a muchos hombres. (Teoría de la inversión parental. Trivers, 1972)
Teoría evolutiva: como las mujeres de nuestro pasado arriesgaban una enorme inversión si querían tener relaciones sexuales, la evolución favoreció a las mujeres que fueron muy selectivas con respecto a sus parejas. El coste de no ser selectiva era muy elevado: un número menor de hijos que sobrevivía hasta la edad reproductora y por lo tanto un menor éxito reproductor.
Pero estudios científicos muestran diferencias muy interesantes entre relaciones de corto plazo y largo plazo. Un estudio evaluó a 16 288 personas en 52 países, al preguntar cuántas parejas sexuales deseaban tener en los próximos 30 años, el promedio global para las mujeres fue de 2,47 parejas deseadas, contra 6,62 para los hombres (Schmitt et al., 2003).
En otro estudio (Clark & Hatfield, 1989), investigadores atractivos hicieron tres propuestas directas a estudiantes universitarios de sexo opuesto:
¿Saldrías conmigo esta noche? Aceptación mujeres: 50%. Aceptación hombres: 50%.
¿Irías a mi apartamento? Aceptación mujeres: 6%. Aceptación hombres: 69%.
¿Te acostarías conmigo hoy? Aceptación mujeres: 0%. Aceptación hombres: 75%.
En 2011 Conley replicó el experimento de Clark & Hatfield pero controlando variables sociales y de seguridad física. Cuando se modificó el escenario imaginando que la propuesta venía de una celebridad altamente atractiva y percibida como segura (bajo riesgo de agresión física), la aceptación de las mujeres para encuentros casuales subió al 50-60%, acercándose mucho a la de los hombres. Conley argumenta que las mujeres son selectivas en el corto plazo porque la probabilidad de alcanzar un orgasmo con un extraño es de apenas el 11%, frente al 40% en una relación estable. Para el hombre, la probabilidad es cercana al 90% en ambos contextos. Entonces la brecha de aceptación a sexo casual depende fuertemente de cuán seguro y placentero se percibe al proponente. La selectividad femenina en este caso es más bien una táctica de optimización del placer.
Otro estudio sobre estándares mínimos de inteligencia (Kenrick et al., 1990) midió el “percentil mínimo aceptable” de inteligencia que los sujetos exigían en una pareja según el nivel de compromiso:
Para una cita casual: Ambos sexos exigieron que la pareja estuviera en el percentil 50% (inteligencia promedio).
Para tener relaciones sexuales casuales: Las mujeres elevaron su estándar al percentil 55%. Los hombres, en cambio, desplomaron su exigencia hasta el percentil 35% (aceptando niveles significativamente por debajo del promedio).
Para el matrimonio: La brecha se cerró por completo; ambos exigieron un percentil alto (60-65%).
Un estudio más reciente (Stewart-Williams & Thomas, 2013) confirma esta tendencia. Debido a que los humanos practican el cuidado biparental (algo que solo hace el 3-5% de los mamíferos), también la inversión del hombre en el largo plazo es gigantesca. En relaciones a largo plazo, la diferencia estadística en los niveles de selectividad entre hombres y mujeres se reduce a un tamaño del efecto casi nulo. Un hombre que compromete sus recursos por décadas es evolutivamente tan selectivo con la madre de sus hijos como ella con él.
En conclusión, sí hay diferencias de selectividad entre los dos géneros, pero más a corto plazo que a largo plazo, y estas se deben tanto a la biología, como a la psicología evolutiva y al contexto socio ambiental.
¿Por qué a los hombres les gustan las mujeres más jóvenes?
“¡Porque son perros!” estarán pensando muchas mujeres. Lo siento pero esta no es la teoría que ganó el debate científico. Veamos primero la teoría evolutiva. En épocas ancestrales, para incrementar sus posibilidades de reproducirse, los hombres tenían que buscar mujeres capaces de tener muchos hijos a lo largo de los años. Los hombres que se inclinaron por mujeres más jóvenes tuvieron más éxito reproductivo que los que se inclinaron por las más viejas. La selección natural empezó entonces a marcar una preferencia masculina directamente relacionada con el valor reproductor femenino. Los varones desarrollaron mecanismos para percibir las señales de fertilidad femenina, dos por encima de todas: la juventud y la salud. Hay dos tipos de pruebas observables de estas dos características: los rasgos de apariencia física (labios carnosos, piel clara y sin imperfecciones, ojos brillantes, pelo lustroso y buen tono muscular) y los rasgos de conducta (vitalidad, paso joven, expresión facial animada y elevado nivel de energía). Esto explicaría también por qué los hombres valoran el atractivo físico mucho más de lo que lo hacen las mujeres, porque está directamente relacionado con la juventud y la fertilidad.
El estudio de Buss sobre 10 047 personas de 37 culturas distintas demostró que la preferencia por mujeres más jóvenes es un universal humano. En las 37 culturas examinadas, los hombres prefirieron universalmente parejas más jóvenes, el promedio global fue de 2,66 años menos, mientras en las mujeres fue de 3,42 años más grandes. La preferencia declarada fue confirmada por el comportamiento real. Al analizar los matrimonios, los hombres se casaron con mujeres que eran, de media, 3 años más jóvenes.
Un estudio que analizó los anuncios personales de periódicos y registros de matrimonio durante siglos, descubrió que la preferencia masculina no es fija, sino relativa a la edad (Kenrick & Keefe, 1992). Los hombres, a medida que envejecen, prefieren mujeres progresivamente más jóvenes en comparación con su propia edad. Esto se alinea con la hipótesis evolucionista sobre la búsqueda de señales de valor reproductivo y fertilidad. Mientras las mujeres, de forma constante a lo largo de su vida, prefieren hombres de su misma edad o ligeramente mayores, asociándose a la preferencia por recursos y estatus.
Otro estudio mostró que los adolescentes varones prefieren de forma consistente a mujeres hasta 7 u 8 años mayores que ellos, a pesar de que la sociedad los presionan para salir con chicas de su edad, y de que esas mujeres mayores raramente se fijan en ellos (Kenrick et al., 1996). Esta excepción demostraría que el cerebro masculino no busca “juventud por juventud”, sino que está calibrado para detectar el punto máximo de la fertilidad actual (los 20 años).
Hay una comparativa muy interesante con chimpancés salvajes en Kanyawara, Uganda (Muller & co, 2006). Los machos prefieren consistentemente aparearse con las hembras más viejas del grupo, lo opuesto al patrón humano. Las explicaciones que manejan los investigadores son un combo de varias cosas: las hembras chimpancé no pasan por menopausia como las humanas, así que siguen siendo fértiles en la vejez; además las hembras viejas tienden a tener más experiencia maternando (lo cual se asocia a mejor supervivencia de las crías) y posiblemente señalan mayor calidad genética por el simple hecho de haber sobrevivido tanto. Esto confirmaria que, en cada especie, las preferencias del macho están guiadas principalmente por el éxito reproductivo.
Por último, hay que tener en cuenta el contexto sociocultural. Un reanálisis del estudio de Buss (Eagly & Wood, 1999) y una réplica reciente y a gran escala sobre 45 países (Walter, Conroy-Beam, 2020) confirmaron la dirección universal, los hombres prefieren más jóvenes en las 45 culturas, pero a mayor igualdad de género, ambos sexos tienen parejas más cercanas en términos de edad. Estos resultados explicarían parte de la diferencia de edad con la necesidad de ascenso social de las mujeres a través del matrimonio típica de las culturas más machistas, ya que los hombres suelen acumular riqueza con la edad, entonces cuanto más viejos, más recursos, más útiles para ascender, más desparejas las parejas en términos de edad.
En fin, los hombres prefieren mujeres más jóvenes de base por un instinto evolutivo relacionado con la fertilidad, pero su expresión concreta y su intensidad están influenciados por la cultura y el contexto socio ambiental.
¿Las mujeres dan más importancia que los hombres a los recursos y la posición social?
“Obvio, porque son putas” contestarán algunos. Pero no. Tampoco esta tesis se impuso a nivel académico. Teoría evolutiva: a lo largo de miles de generaciones, cuando los hombres podían proporcionar parte de sus recursos, las mujeres obtenían una gran ventaja eligiéndolos como compañeros. Cuanto más recursos, mejor calidad de vida, más probabilidades para sus hijos de sobrevivir y de llegar a la edad reproductora, más probabilidades de supervivencia para su genética. No solamente los recursos, las mujeres consideran más deseable hombres que ocupan una elevada posición en la sociedad porque esto implica mejores oportunidades sociales de las que tienen los hijos de los hombres de rango inferior.
Las mujeres de nuestro pasado evolutivo que no prestaban atención a los recursos y al estatus tenían menos éxito reproductivo porque tenían menos probabilidades de atender a sus propias necesidades y a las de sus hijos respecto a las mujeres que sí lo hacían.
Estos son los resultados de un estudio con una muestra masiva de 27 605 personas heterosexuales (Fales et al., 2016):
Ingresos estables (Deseable o Esencial): 97% para las mujeres y 74% para los hombres.
Ganar mucho dinero (Deseable o Esencial): 60% para las mujeres y 47% para los hombres.
Mismos ingresos (Muy importante/Obligatorio): 46% para las mujeres y 24% para los hombres.
Carrera exitosa (Muy importante/Obligatorio): 61% para las mujeres y 33% para los hombres.
El estudio de Buss del 1989, reveló que las mujeres de las 37 culturas analizadas concedían más valor que los hombres a un buen porvenir económico. En promedio, las mujeres valoran los recursos económicos un 100% más que los hombres, o sea, el doble. Los extremos son muy interesantes para un análisis posterior: en Nigeria/Zambia las mujeres valoran la posición económica 150% más que los hombres mientras que las mujeres holandesas sólo la valoran un 36% más que los hombres. Parecería que la cultura juega un papel importante, pero no tanto para revertir la tendencia evolutiva. Por lo menos hasta ahora.
El estudio se replicó en 2020 con una muestra de 45 países y 14 399 personas y el hallazgo se sostuvo con fuerza. Además se puso a prueba la hipótesis de que en las sociedades más igualitarias las mujeres bajan sus exigencias respecto a los recursos y la brecha entre los dos géneros se achica. De las seis formas de medir igualdad de género que probaron, solo una (el GGGI) mostró la relación esperada con recursos, las otras cinco no. Un resultado interesante pero no científicamente robusto (Walter, Conroy-Beam, Buss et al., 2020).
Hace pocos meses se publicaron los resultados de un experimento preregistrado: 602 personas de 5 países, asignadas al azar a 45 “ecologías virtuales” donde los investigadores manipulaban directamente el ingreso de la persona y la desigualdad económica de género de su entorno simulado (Murphy, Harmon-Jones, Harrington, Brooks & Blake, 2026, PNAS).
La gente muestra preferencias más fuertes por los recursos en una pareja cuando ellos mismos son más pobres, y cuando su propio sexo es el más pobre del entorno simulado — el patrón se sostuvo con tres medidas distintas. Cuando las mujeres tenían más recursos que los hombres en el experimento, la diferencia de sexo en preferencia por recursos se reducía o desaparecía directamente. La gente más rica en general, sin importar el sexo, relaja sus exigencias de recursos en una pareja.
El debate científico sobre la preferencias para los recursos sigue abierto, como sigue abierto el debate sobre cuánto influyen en nuestro procesos decisionales los instintos evolutivos, el contexto sociocultural, el inconsciente colectivo, la crianza, el apego y quien sabe cuantas variables más.