¿El porno nos cagó la vida?
¿El porno nos cagó la vida?

¿El porno nos cagó la vida?

Era fan del porno. Supongo que todos lo fuimos de alguna forma en alguna etapa de nuestras vidas. Los que nacimos en los ’90 fuimos la primera generación en tener una adolescencia pornografica. Es más, presenciamos su evolución. A medida que se desarrollaba la conexión a internet, pasamos de las fotos que se cargaban en la pantalla líneas tras líneas a los videos en alta definición. 
Si bien siempre hubo películas eróticas, después del 2000, las computadoras y el internet lo cambiaron todo. Ya no era ir a un cine para adultos. Lo que el progreso tecnológico nos habilitó fue otra modalidad de consumo de ese material. En total privacidad. Sin límites. Infinitos videos. Infinitas escenas. Infinitas posiciones. Infinitas mujeres. Infinitos orgasmos. Todo disponible al mismo tiempo, en la misma sesión, una pestaña a lado de la otra, con la posibilidad de adelantar el video, devolverlo, saltar de una escena a otra, hasta elegir la mejor, la más estimulante. 
No me acuerdo bien a qué edad pero mi sexualidad empezó a moldearse con el porno. Me masturbé mirando este tipo de contenido por 5, 6 o 7 años antes de tener mi primera relación sexual. Fue mucho tiempo pero sobre todo fue justo cuando empezaba a gestarse mi deseo sexual. Definitivamente me crié con el porno. Mi generación se crió con esa mierda.
Si hago las cuentas, llevo más o menos 20 años consumiendo. Dos décadas. Es impactante. Sólo recientemente, hace un par de años empecé a decir irónicamente “para mí el porno nos cagó la vida”. No estaba para nada consciente, pero olfateaba algo. Presentía que algo estaba mal ahí. Algunos coincidieron conmigo pero nunca llegamos a hablar en serio del tema. Entonces hace unos meses decidí ponerme a investigar sobre el tema y lo que descubrí fue muy gonorrea.  
Si lo pensamos bien, el porno es más un producto que material audiovisual. No representa la realidad. Ni tiene aspiraciones artísticas. Está hecho para cautivar nuestra atención. Por esto es tan agresivo, pasado, perverso, denigrante, machista, jerárquico, sin protección, sin respeto y sin empatía. Ahora bien, ¿según estudios científicos qué produce el porno en nuestro cerebro?

  • Construcción de una narrativa de la sexualidad errónea. Inconscientemente nos hemos acostumbrado a una dinámica muy diferente a la realidad. Un ejemplo podrían ser los preliminares, en el porno casi no hay y si los hay se pueden saltar con un click. Pero saltarlos en la vida real puede generar mucha incomodidad, sobre todo en las mujeres. Ni hablar de cosas más pesadas como puede ser ahorcarlas. No todas las mujeres quieren eso, ni lo quieren siempre, pero hemos normalizado hacerlo viendo videos donde se hacía como si nada, sin pedir permiso.  
  • Expectativas irreales del sexo. Mirar contenido hecho por profesionales, editado y confeccionado nos pone la vara muy alta. A todos los niveles. Químicamente nos acostumbramos a subidones de dopamina muchos más intensos y frecuentes que en el sexo real. No son solo la cantidad y la variedad de cosas que vemos, sino también el ritmo frenético del porno. Nuestros umbrales de dopamina terminan siendo tan altos que la realidad ya no alcanza y nos decepciona. 
  • Menor empatía. Con los videos los sistemas de recompensas se van acostumbrando a demasiados estímulos sin algún esfuerzo. El problema es que después esperamos lo mismo del sexo. Mucho placer a cambio de nada. Cuando el sexo en realidad es intimidad, conexión, un juego de dar y recibir placer mutuamente. Lo que implica interacción y comunicación previa. Mientras el porno nos lleva más a cosificar a nuestra pareja sexual. En uno de los podcast que escuché, una psicóloga citaba a una paciente: “mi novio no tiene sexo conmigo, se masturba conmigo”. Claro, cuando la desconexión es tanta, es lógico que se perciba así. Y esto es simplemente atroz. 
  • Mayor desfase. El hombre busca placer rápido e intenso con lo que se ha acostumbrado a masturbarse, la mujer necesita un espacio donde haya confianza, reciprocidad, tiempo y muchas cosas más. El porno inunda la sexualidad, amplía esa brecha orgásmica entre los dos géneros y nos aleja siempre más.
  • Mayor ansiedad de prestación. Los hombres sienten la presión de tener una erección firme y prolongada, de durar tanto y darle duro como los actores porno. Y las mujeres sienten la presión de ser desinhibidas o sumisas como las actrices.
  • Menor satisfacción sexual. Todo eso nos genera insatisfacción, tanto que en las últimas décadas las disfunciones eréctiles en los hombres han aumentado muchísimo. Mientras las mujeres que consumen mucho porno experimentan a menudo falta de lubricación. Todos estamos peor.
  • Mayor infidelidad. En los hombres el porno explota el efecto Coolidge (disminución de la propensión de un macho a copular repetidamente con la misma hembra, combinada con un mayor interés sexual por hembras nuevas). El menú a la carta que proporciona la pantalla, la hiperestimulación de tantos contenidos distintos al mismo tiempo como nunca pasó en la historia de la humanidad y el fenómeno del tap jumping (abrir varias pestañas y pasar de una a otra, hasta elegir la escena más excitante) deterioraron mucho la capacidad de los hombres de conectar sexualmente con una pareja real de forma exclusiva. La costumbre a la variedad y a la novedad constante se vuelve una necesidad inalcanzable en la vida real. De ahí la búsqueda de sexo por fuera de la pareja o conductas sexuales de riesgo, bajo efecto de alcol o drogas para desinhibirse y romper la monotonía.
  • Comparaciones con nuestro propio cuerpo. Los varones nos acostumbramos a ver penes gigantes todo el tiempo y las mujeres a ver siempre más curvas, hasta sentir la necesidad de operarse.
  • Normalización del acceso al cuerpo de los demás. En los sitios porno se puede acceder a miles de millones de videos. Es gratis, fácil y rápido. Eso genera mucha disonancia cognitiva con la realidad, donde casi nada es gratis, fácil y rápido. Incluso cuando el contenido no es gratuito como en Onlyfans, se normaliza el acceso al cuerpo ajeno a cambio de dinero. 
  • Machismo. Mayor consumo de porno implica mayores posibilidades de estereotipos de género, creencias machistas, dinámicas de poder y control. A pesar que en el set todo esté pactado y que hayan palabras de seguridad para interrumpir escenas, el producto final termina casi siempre legitimando el poder del hombre por encima de la mujer. 
  • Erotización de la violencia. La agresividad, la violencia, la sumisión no son casuales en el porno. Para aumentar la excitación de dopamina se añade la adrenalina que generan las emociones fuertes como el miedo, el asco, la sorpresa, el shock y el hard porn. Al consumir los hombres son más propensos a la violencia y a justificarla. Entonces sexo sin permiso, sin deseo, sin consentimiento. Incluso cuando la violencia no es física hay muchos tipos de coerción sexual (amenazas, presión psicológica, engaño). Mientras las mujeres aprenden a obedecer sólo por imitación y tienen 4 veces más probabilidades de ser víctimas sexuales online o offline.  
  • Normalización de prácticas sexuales dolorosas . El sexo anal por ejemplo, como muchos varones de mi edad yo lo daba casi por sentado. Llegué a pensar que no iba a poder estar en pareja con una mujer que no lo hacía. Pero la realidad es que eso puede doler o simplemente no gustar. Y no está bien asumir, ni exigir y mucho menos presionar.
  • Menor uso del condón. Hemos normalizado hacerlo sin protección por simple imitación de un contexto en donde, teóricamente, se cuidan haciendo exámenes constantemente. Damos por sentado acabar en la boca de las mujeres con todos los riesgos para la salud que eso implica para ellas y, en definitiva, para todos. 
  • Adicción. El hombre está más expuesto porque es más visual; evolutivamente ha sido “seleccionado” para fijarse más en el aspecto físico que las mujeres. Cuando el porno se convierte en su única fuente de dopamina, se vuelve adicto. Se desarrollan dos tipos de tolerancia: una cuantitativa, por la cual los adictos necesitan cada vez más y más videos, y una tolerancia cualitativa, entonces contenido más extremo, fetiches y parafilias.

Personalmente no soy adicto al porno, creo que nunca lo fui. Pero si tuviera que apostar, diría que el 99% de los varones de mi generación experimentamos por lo menos uno de los puntos anteriormente mencionados. 
Otro aspecto que ignoraba y que me impactó mucho es el trasfondo social del porno. Nunca me había parado a pensar como es el detrás de escena. Lo llaman el triángulo de las bermudas: porno, prostitución y trata. Aun cuando las mujeres afirman hacerlo libremente por decisión propia, análisis psicológicos demuestran que en muchos casos detrás de esa decisión hay problemas de adicción, depresión, traumas, abusos, manipulación, explotación o simplemente necesidades económicas que invalidan ese “libre albedrío”. 
Supuestamente, somos la sociedad con más libertad sexual de la historia y al mismo tiempo somos la sociedad con el peor sexo. Algo nos está pasando. El lado positivo de todo esto o quizás, a esta altura, nuestra única esperanza es la neuroplasticidad (la capacidad del sistema nervioso para modificar su estructura, funcionamiento y conexiones sinápticas en respuesta a estímulos, experiencias o aprendizajes). Esta flexibilidad permite al cerebro reorganizarse o, directamente, resetearse. Por eso he decidido no ver más porno. 
Desde que arrancó el 2026, solo recuerdos y fantasías. Y ha sido impactante darme cuenta de que el fenómeno del tap jumping, lo de abrir muchas pestañas contemporaneamente, estaba tan sistematizado en mi cabeza que estaba haciendo exactamente lo mismo con mis recuerdos: saltaba de uno a otro como si mi cabeza fuera un navegador. Entonces me desafié a dejar también el jumping. Ahora solo puedo elegir un recuerdo pero ya no cambiarlo. Tengo que quedarme ahí. Básicamente, estoy tratando de reconfigurar mi cerebro. Mi sexualidad. Y creo que todos deberíamos intentarlo. ¿Será posible o el porno nos cagó la vida irreversiblemente?