¿Estamos listos para no trabajar más? 
¿Estamos listos para no trabajar más? 

¿Estamos listos para no trabajar más? 

A lo largo de la historia, no trabajar ha sido el sueño de miles de millones de personas, pero ahora, de repente, podría convertirse en nuestra peor pesadilla. 
Como todos, yo también fantaseé con eso. A los 24 años me recibí de economista y me fui a trabajar en una gran empresa de apuestas deportivas. A mí siempre me encantó apostar así que parecía el trabajo perfecto para mi, pero en solo unos meses todo empezó a irse a la mierda. No me aguantaba la oficina, sus reglas, la hipocresía, los juegos de poderes, la falta de meritocracia. No me resignaba a ver la misma pared todos los días e invertir tanto tiempo en algo tan poco relevante. Llegué a ir borracho al trabajo, a quedarme dormido en el escritorio, pero sobre todo a pasarla como el culo. Quien leyó mi libro de ese entonces conoce bien toda la historia. Cuestión que después de 2 años me fui de esa oficina con un objetivo muy claro: NO TRABAJAR NUNCA MÁS EN MI PUTA VIDA.
A los pocos días estaba en el carnaval de Río de Janeiro festejando la libertad. Muchos pensaron que estaba loco y no se equivocaban, estaba un poco loco pero tenía un plan, había ahorrado algo y tenía un sistema para ganar plata con las apuestas. Momentáneamente iba a vivir de eso. Mi nueva misión era dar la vuelta al mundo. Y quizás convencer a cuantos amigos pudiera a seguirme al país de nunca jamás. De hecho mi novia de ese entonces empezó a llamarme Peter Pan. 
Cuba, Brasil, Argentina, Uruguay, España, Dinamarca, Tailandia, China, Colombia, México, Perù. Ni la pandemia pudo pararme, me escapaba sistemáticamente de las cuarentenas. Me quedaba en un lugar 2 días o quizás 6 meses. Cuando me aburría, agarraba mi maleta y me iba a otro lado. Fueron 3 años deslumbrantes, locos, y enriquecedores. Me cuesta explicar cuánto me abrió la cabeza viajar tanto. Fue lo mejor que me pasó en la vida. Sobre todo porque descubrí Latinoamérica. Mi amada Latinoamérica. Mi lugar en el mundo. Mi gente. 
A pesar de todo esto, al tercer año de viaje, en México, me di cuenta que estaba totalmente acabado. Mi vida ya no tenía sentido. Llegué a escribir: “La verdad, no estoy cansado, estoy terminado. Estoy en el minuto 120 de un partido devastador y el árbitro está dando ocho más”.
¿Qué me estaba pasando? 
¿Por qué ya no era feliz como al principio?
¿Cómo pude llegar al borde de una crisis existencial apenas a los 30 años?
Simple. LLEVABA 3 AÑOS SIN DEDICARME A NADA. Organizaba mis viajes sí, conocía lugares, gente, mujeres pero la realidad es que no tenía un trabajo, una empresa, un proyecto, una obra, nada. Vivía de la renta de ese sistema de apuestas que había dejado en gestión a un amigo. Llegué al punto de no saber para qué levantarme. Seguía adelante exprimiendo lo que quedaba de mi receptores de dopamina. Un pasaje a un destino inexplorado. Una noche de locuras en un lugar ajeno. Una cita con una mujer desconocida. Ya no estaba nadando, solo trataba de mantenerme a flote. 
Corté con esa vida apenas pude. El 1 de noviembre de 2021 Argentina abrió de nuevo sus fronteras después de la pandemia. Ese mismo día volví a Argentina para quedarme. Empecé a dar clases de italiano. Me reconecté con la realidad. Volví a ser parte de una sociedad. Al año vi una oportunidad, monté una empresa y me fue bien. Hoy en día sigo huyendo del trabajo. Sigo sin ponerme un alarma que me despierte por la mañana. Sigo festejando el aniversario de cuando me fui de la oficina (justo hoy se cumplen 7 años). Y trato de trabajar no más de un par de horas por día. Pero soy muy consciente que no podría vivir sin dedicarme a algo.
Ahora viene la parte seria. Si le preguntamos cuánto va a subir el desempleo en las próximas décadas, las inteligencias artificiales nos tranquilizan hablando de un “ligero aumento del desempleo”, por dos razones: trabajaremos menos horas sin dejar de trabajar y la misma IA generará nuevos puestos de trabajo. Aquí se abren varios escenarios posibles, uno más inquietante que otro: 

1. que no son tan buenas en predecir el futuro (entonces estamos confiando demasiado en ellas).
2. que tienen conciencia, empatía y no nos quieren asustar.
3. que mienten deliberadamente (entonces ya empezaron a manipularnos).
4. que quizás tienen razón, entonces ya son más inteligentes que nosotros.

Escribo “nosotros” porque yo dudo fuertemente que sea así pero sobre todo científicos del calibre de Geoffrey Hinton, premio nobel considerado el padrino de la IA, Tristan Harris, referente mundial en ética tecnológica (Dilema de las redes sociales), y los mismos Elon Musk o Sam Altman hablan claramente de desempleo masivo. Según Hinton la inteligencia artificial optimizará radicalmente los procesos, minimizará los tiempos y las personas necesarias. Si bien se generarán nuevos trabajos, como por ejemplo el supervisor ético de IA, esos puestos de trabajo serán infinitamente menores a comparación con todos los que los humanos perderán. Si en la revolución industrial las máquinas reemplazaron los músculos, ahora la revolución de la IA reemplazará el cerebro. “¿Qué nos quedarà? La creatividad hasta que llegue la super inteligencia artificial. Ahí no quedará nada. Estas cosas seràn mejor que nosotros en todo”.
Entonces fuerzo la IA a contestarme sobre este escenario: 

“En el caso de que la IA nos reemplace en casi todos los puestos de trabajo, generando desempleo masivo, nosotros seres humanos estamos listos para no trabajar?” 

La IA me contesta: 

“Económicamente podrían estarlo, pero psicológica y socialmente, hoy por hoy, no lo están. Si las empresas eligen el despido masivo en lugar de la reducción de jornada (desempleo tecnológico), se enfrentarían a una crisis de identidad global. Aquí te detallo los tres grandes muros que tendrían que derribar:
1. El Muro de la Identidad: “¿Quién soy si no trabajo?”
Desde la Revolución Industrial, han construido sus identidades en torno a sus profesiones. 
-El vacío existencial: Para mucha gente, el trabajo otorga dignidad, estructura, propósito y un círculo social. Sin él, los niveles de depresión y ansiedad suelen dispararse.
-La trampa del ocio: Aunque sueñan con “no hacer nada”, el ser humano necesita desafíos. Sin una labor clara, corren el riesgo de caer en un estado de apatía masiva o adicciones digitales (evasión).
2. El Muro Económico: El fin del consumo
Los robots no compran productos. Si las empresas despiden a todos los humanos para ahorrar costes, ¿quién tendrá dinero para comprar lo que esas máquinas producen? Esto forzaría a los gobiernos a implementar una renta básica universal financiada por impuestos a los robots y a la IA. Sin esto, el sistema colapsaría por falta de demanda.
3. El Muro Social: La desigualdad extrema
Si el trabajo deja de ser el mecanismo para distribuir la riqueza, el riesgo es que esta se concentre solo en los dueños de la tecnología.
-Polarización: Podríamos ver una sociedad dividida entre una élite tecnológica y una gran masa de personas viviendo de subsidios estatales.
-Inestabilidad: Históricamente, las masas de personas sin ocupación y sin perspectivas de mejora suelen generar grandes revoluciones o periodos de inestabilidad civil.”

Le pregunto entonces de qué va a vivir la gente y me contesta: renta básica universal, dividendos ciudadanos, servicios básicos gratis (coste de vida cercano a cero), sistema de recompensas (ejemplo voluntariado pagado). Y me muestra cinco ejemplos de países que ya experimentaron la renta básica. Se los cuestiono: 

“En los ejemplos que mencionaste creo que las personas se portaron responsablemente porque era un experimento de tiempo limitado, pensando en el futuro invirtieron, ahorraron o gastaron bien esa plata conscientes que un día no la iban a tener más. Mientras si los subsidios fueran permanentes la postura podría ser distinta. Si a esto le sumamos que no estamos psicológicamente y culturalmente preparados como dices, cuánto podrían subir la depresión, el alcoholismo, la drogadicción, la adicción digital y los demás fenómenos conectados con el aburrimiento?”

La IA me contesta: 

“Tienes un punto de vista muy sólido y es, de hecho, la crítica principal que los sociólogos y psicólogos hacen a los experimentos de renta básica. Existe una diferencia abismal entre tener un “colchón temporal” y vivir en un estado de ocio permanente y subsidiado. Si no están preparados culturalmente, el riesgo de los “fenómenos del aburrimiento” es real y peligroso. Aquí te presento un análisis de esos riesgos:
1.El Riesgo de la “Anomia” Social

El sociólogo Émile Durkheim acuñó el término anomia para describir un estado de desorientación social donde las normas se rompen y el individuo pierde su lugar en el mundo.
-Depresión y Suicidio: Históricamente, el desempleo estructural (incluso con subsidios) está ligado a un aumento en las tasas de depresión. El trabajo, aunque a veces tedioso, proporciona un “reloj social”: nos obliga a levantarnos, a socializar y a sentir que hemos cumplido una función.
-Adicciones de “Dopamina Barata”: En un mundo sin trabajo, el riesgo no es solo el alcohol o las drogas químicas sino tambien las adicciones digitales ultra-perfeccionadas (redes sociales, VR, videojuegos adictivos). La gente podría quedar atrapada en mundos virtuales porque su realidad física carece de “logros”.
2. El Experimento del “Parque de Ratas” 
Este famoso estudio de Bruce Alexander sobre la adicción nos da una pista clave:
-Las ratas que vivían solas en jaulas vacías elegían el agua con droga hasta morir.
-Las ratas que vivían en el “Parque de Ratas” (con amigos, espacio, juegos y pareja) ignoraban la droga, incluso si la tenían disponible.
3. ¿Cómo evitar el colapso por aburrimiento?
Para que el 2050 no sea una sociedad de personas deprimidas y adictas, tendrían que cambiar tres pilares hoy:
– Educación para el “Ser”, no para el “Hacer”: Dejar de preguntar a los niños “¿Qué quieres ser de mayor?” (en referencia a un empleo) y empezar a preguntar “¿Qué te apasiona aprender?”.
– Infraestructura de Propósito: El Estado no solo debería dar dinero, sino crear centros de recreación, clubes deportivos, talleres de ciencia ciudadana y proyectos de regeneración ambiental donde la gente pueda “trabajar” por orgullo y estatus social, no por sueldo.
– La “Fricción” necesaria: El ser humano necesita superar obstáculos para sentirse bien. Sin la fricción del trabajo, tendremos que inventar “trabajos artificiales” o desafíos (competencias, exploraciones, misiones comunitarias) para mantener nuestra química cerebral equilibrada.”

Estamos presenciando un cambio sin precedentes en la historia de la humanidad. Y estamos tan sobreestimulados y distraídos que no logramos ni siquiera enfocarlo. La aparición de los primeros homínidos bípedos se remonta a 7 millones de años atrás. Si solo consideramos Homo Sapiens, la especie humana moderna, caracterizada por una capacidad cognitiva avanzada, lenguajes y culturas complejas, tenemos aproximadamente 300’000 años. Son lapsos temporales tan amplios que no podemos ni siquiera dimensionarlos. Nuestra historia evolutiva ha sido hasta ahora increíblemente exitosa pero al mismo tiempo inmensamente lenta. La selección natural nos modeló de manera casi imperceptible generación tras generación. Pero en las últimas décadas hemos acelerado tanto que ya estamos completamente desincronizados de nuestro ritmo evolutivo. Un ejemplo básico: ya no necesitamos las grasas y los azúcares para subsistir, al contrario hoy en día deberíamos evitarlos por qué son las causas de las mayorías de las enfermedades que nos están matando, incluso siendo conscientes de esto no podemos parar de comerlos. Hemos sido seleccionados por la evolución para preferir estos alimentos por encima de otros, porque venimos de millones de años de carestía y hambre, en los que las grasas y los azúcares nos llenaban y nos permitían sobrevivir a muchos días de ayuno. Los que no tenían esa preferencia simplemente murieron de hambre y su genética desapareció. Nada es para siempre, la evolución es un proceso de cambio constante pero extremadamente lento. No podemos cambiar algo muy arraigado en solo unas pocas generaciones.
Hace apenas unos años, con el documental El dilema de las redes sociales, descubrimos que los algoritmos de las aplicaciones que usamos cotidianamente están dispuestos a lo que sea para captar y retener nuestra atención. Incluso a fomentar el odio, desinformarnos, manipularnos y polarizarnos.
Recién con libros como Generación ansiosa de Jonathan Haidt nos empezamos a dar cuenta de los daños irreversibles que las redes sociales provocaron en la Gen Z, una generación que creció hiper protegida en la vida real y totalmente expuesta online. El resultado es un empeoramiento brutal de la salud mental y de la tasa de suicidios en los adolescentes. 
Todavía estamos procesando cambios de paradigma en algo tan básico como nuestra alimentación, apenas empezamos a entender los daños que provocan los algoritmos de las redes sociales y muy pronto la IA nos reemplazará en nuestros puestos de trabajo. 
Soy un gran defensor del capitalismo pero soy también consciente de lo devastador que puede ser este modelo sin límites, sin leyes proactivas, actualizadas y firmes que lo acoten a la competencia/eficiencia y no al canibalismo. Si hasta ahora, aún en cámara lenta, la mayoría de los políticos no fue capaz de estar a la altura de los tiempos, no nos podemos esperar que lo vaya a ser cuando la película esté en x2, x5 o x10. Pero más allá de eso, me atrevo a decir que el capitalismo es solo uno de los catalizadores de este proceso y no el origen del problema. La apuesta ya es tan grande que nadie la puede perder y por eso nadie va a parar solo. Ni las megacorporaciones por qué podrían perder sus cuotas de mercado tan rápidamente como nunca pasó en la historia. Ni las mismas superpotencias como EEUU o China por qué igual de rápido se podrían volver extremadamente vulnerables a su rival desde un punto de vista militar y geopolítico. Ni nosotros como individuos porque con la misma velocidad podríamos volvernos obsoletos tanto en el mercado laboral (si seguirá existiendo) como en la vida. 
Entonces estamos transitando una época de cambios sin precedentes, rumbo hacía un futuro más incierto que nunca, pisando siempre más el acelerador por miedo a que alguien llegue antes que nosotros. Pronto podríamos pasar de trabajar casi todos los días de la semana a no trabajar en absoluto. De un extremo a otro. Todo en solo una década o dos como mucho. Muy pocos parecen conscientes del riesgo siempre creciente de que todo esto pueda salir mal. Quizás, a esta altura, lo mejor sería chocar cuanto antes y que el accidente no sea fatal, de manera que podamos sobrevivir, recalcular y arrancar de vuelta. Pero más despacio. A una velocidad más acorde a nuestro ritmo evolutivo. Quizás en unos miles de años el ser humano se haya acostumbrado a no trabajar. O quizás nos hayamos extinguido antes por exceso de velocidad.