Hombres vs. Mujeres. Parte 2
Hombres vs. Mujeres. Parte 2

Hombres vs. Mujeres. Parte 2

¿Sobre qué mienten los hombres y las mujeres?

Ambos géneros mienten. Conscientemente o inconscientemente. ¿Sobre qué? Sobre lo que más le importa al otro género. Así de simple. Por más que creamos en el amor, en la conexión entre dos individuos y en la magia de coincidir en tiempo y espacio, los grandes números muestran tendencias inequívocas. El mercado del apareamiento es un mercado hecho y derecho, gobernado por la ley de la oferta y la demanda. Las mentiras sobre lo que uno puede ofrecer están milimétricamente alineadas a lo que el otro más pide y valora. Mucho más de lo que pensamos. 
Los hombres suelen mentir más sobre: 
• El compromiso. Esto es lo más valioso en el mercado a largo plazo. Las mujeres buscan señales de inversión parental: tiempo, fidelidad, responsabilidad, constancia en el tiempo. Los varones lo saben y sobreactúan.
• La seguridad y las habilidades físicas. Como veremos en el próximo punto, la fuerza y la altura juegan; y la confianza en sí mismo se interpreta como una señal de éxito social.
• Los recursos. El hombre suele inflar su capacidad económica y su posición social porque son los indicadores más directos de un buen porvenir para la familia. 
Los varones no mienten solo porque son deshonestos; mienten porque están compitiendo en un mercado donde la señal es todo. Y cuanto más costosa, más creíble y más exitoso el cortejo, porque un hombre que gasta dinero real está enviando una señal que es difícil o muy cara de fingir (Teoría de la señalización costosa, Zahavi).

Las mujeres suelen mentir más sobre: 
• La apariencia física. Las preferencias estéticas de los hombres están muy relacionadas con la fertilidad y por ende con la juventud. No es una casualidad que las señales físicas y de conducta que envían las mujeres sean todas en esta dirección. Maquillaje, productos de belleza y cirugías plásticas están diseñados para disimular la imperfecciones y poder exhibir labios carnosos, pechos firmes, un pelo lustroso y todo lo demás. 
• La fidelidad. Para los varones es muy importante porque supone una solución a uno de los problemas evolutivos más importantes: asegurar la paternidad. De ahí ciertas estrategias como descalificar a una rival, hacerse rogar, negar relaciones pasadas.
Las mujeres tampoco mienten solo porque son deshonestas; mienten porque están compitiendo en un mercado por ciertos aspectos incluso más feroz que el masculino, ya que el factor tiempo le juega en contra mucho más de lo que hace con los hombres.
Para el hombre, percibir sexualmente lo que no está ahí (falso positivo) le costaba ancestralmente menos que no percibir una oportunidad real (falso negativo), de ahí el sesgo de sobre percepción sexual, que lo lleva a insistir más de lo que la señal real justifica. Para la mujer, creer en un compromiso que no era real (falso positivo) le costaba más que dudar de uno genuino (falso negativo) — de ahí el sesgo de escepticismo de compromiso, que la lleva a exigir señales más consistentes antes de confiar (Teoría de Gestión de Errores, Haselton & Buss, 2000).
En conclusión, quien más quien menos, quien conscientemente quien inconscientemente, pero todos mentimos u ocultamos o sobreactuamos. Forma parte del juego de la seducción. Un juego en constante actualización que garantiza nuestra supervivencia como especie  desde hace millones de años. 
Quizás deberíamos hacernos cargo de lo nuestro y ser menos hipócritas cuando juzgamos las mentiras del otro género. 

¿Por qué las mujeres buscan hombres fuertes y altos?

Teoría evolutiva: El cerebro humano está adaptado al ambiente del Pleistoceno, una época que duró aproximadamente 2 millones y medio de años, donde la fuerza física era una cuestión de vida o de muerte. En términos evolutivos, los últimos 10 mil años de civilización son un parpadeo. La preferencia femenina por hombres fuertes no es estética, sino una respuesta adaptativa a una realidad ancestral donde el entorno era la principal amenaza. Durante la mayor parte de la historia evolutiva, el conflicto físico era la forma principal de dirimir disputas. Un hombre más fuerte o de mayor tamaño no solo era mejor cazador, sino el único sistema de seguridad disponible para la mujer y su prole ante depredadores o competidores masculinos. La altura también jugaba un papel importante, siendo, en muchas culturas, un indicador de salud durante el desarrollo y de dominancia social. Aunque hoy nos protege una alarma, un abogado o una ley, nuestro cerebro “antiguo” sigue escaneando a los hombres en busca de señales de protección física como una medida de seguridad “por si acaso”.
Sell, Lukaszewski & Townsley (2017) encontraron, en un estudio con 160 mujeres evaluando atractivo corporal masculino, que la fuerza percibida explica cerca del 70% de la varianza en esas calificaciones, con un efecto lineal. Los hombres más fuertes fueron los más atractivos en todas las muestras, sin ninguna de las 160 mujeres mostrando preferencia por hombres más débiles. Esta tendencia fue confirmada por Garza, Pazhoohi & Byrd-Craven (2021) quienes realizaron tres estudios sobre 1098 mujeres universitarias de Estados Unidos, asignadas al azar a una condición segura o a una condición de dureza ecológica percibida. Específicamente sobre la manipulación experimental descubrieron que las mujeres asignadas a contextos más inseguros prefirieron hombres relativamente más masculinos y fuertes que las asignadas a un contexto seguro. Este hallazgo demostraría que parte de la predilección de las mujeres por hombres fuertes se explica como solución a un problema adaptativo debido al contexto social.
Un metaanálisis específico sobre esto (Pierce, 1996) encontró un efecto moderado y consistente con la norma del ‘hombre más alto’: r=0,41 para la evaluación femenina de la altura masculina, eso significa que un 17% de la varianza en qué tan atractivo califican las mujeres a un hombre se explica por su altura. Además encontró que, entre mujeres que mencionaban la altura en avisos personales, el 80% quería un hombre de 1,80 m o más. 
Un estudio analizó el impacto de la altura en la formación de parejas en el mundo real. Sobre una muestra de 650 estudiantes holandeses, las mujeres estaban más satisfechas cuando su pareja era 21 cm más alta, los hombres cuando ellos mismos eran 8 cm más altos que su pareja. (Stulp et al., 2013)
Dial & Brown (2025) midieron la correlación entre esta preferencia y las normas de género, sobre una muestra de 242 jóvenes heterosexuales del Reino Unido. Descubrieron que las mujeres que le daban más importancia a la altura de su pareja puntuaron más alto en sexismo, más bajo en feminismo, y eran menos propensas a aceptar una pareja baja que las mujeres que le daban menos importancia. Los hombres que le daban más importancia a la altura, y los hombres que se describían a sí mismos como más tradicionalmente masculinos, eran menos dispuestos a aceptar una pareja más alta que ellos.
Estos hallazgos sugieren que procesos de coevolución de genes y cultura podrían influir en el dimorfismo de altura humana. Las autoras no descartan un componente evolutivo de base, pero muestran que el despliegue de ese instinto está bastante relacionado a cuánto las personas adhieren a normas de género tradicionales. 
Parecería que las preferencias por fuerza y altura tienen una base biológico-evolutiva real, pero su expresión concreta está bastante más moldeada por el contexto sociocultural. Como en los otros temas, ni puro instinto ni puro constructo social, sino evolución y cultura interactuando. 

¿Los hombres suelen ser emocionalmente reprimidos?

Una de las quejas femeninas más habituales sobre los hombres es que son emocionalmente reprimidos. Este tema ha sido ampliamente estudiado, a continuación algunas de las teorías más interesantes.  
Teoría evolutiva (Buss): las emociones revelan el grado de inversión que alguien está dispuesto a hacer en una relación, así que ocultarlas puede funcionar como una forma de mantener abiertas otras opciones. Lo que más le suele convenir a una mujer es tener un hombre tan entregado a ella que canalice hacia ella y sus hijos todos los recursos. Lo que más le suele convenir a un hombre es entregar solo parte de sus recursos, tiempo y energía a una mujer y reservar el resto para otros problemas adaptativos, como buscar otra oportunidad de emparejarse o alcanzar una elevada posición social. Los varones entonces expresarían menos sus emociones porque no les conviene revelar lo que están dispuestos a invertir, ni la intensidad con la que están dispuestos a comprometerse. Las emociones suelen revelar el grado de inversión. Las emociones suelen revelar el grado de inversión. Al ocultarlas, ocultan sus propias estrategias de emparejamiento. Esta falta de información hace sufrir mucho a las mujeres, que examinan cuidadosamente los signos disponibles para distinguir lo que sienten los hombres. Conseguir que un hombre exprese sus emociones es una táctica que las mujeres emplean para acceder a la importante información que necesitan para averiguar el grado de compromiso masculino. Si las mujeres se quejan de la represión emocional de los hombres, los hombres se lamentan de que las mujeres son demasiado malhumoradas y emocionales.
Teoría fisiológica (Gottman): un estudio conectó parejas a monitores de ritmo cardíaco mientras discutían. Encontró que el 85% de las personas que practican el amurallamiento (cerrarse por completo) son hombres. El umbral que definió como “inundación” es un ritmo cardíaco por encima de 100 pulsaciones por minuto: a partir de ahí, la corteza prefrontal, la parte del cerebro que procesa matices y empatía, empieza a perder capacidad frente al tronco encefálico, y seguir la conversación se vuelve prácticamente imposible. Los datos muestran que los hombres, en promedio, llegan a ese umbral de inundación más rápido que las mujeres y tardan más en volver a la calma. El propio Gottman lo interpreta como una diferencia fisiológica de base. Entonces los varones ya no reprimirían sus emociones por “ambigüedad táctica”, sino por una respuesta al estrés más intensa.
Teoría sociológica (Levant): un estudio muestra un patrón en dos etapas, más preciso de lo que suele contarse: los varones bebés son igual o más expresivos emocionalmente que las niñas hasta el primer año de vida. Pierden la ventaja en expresión verbal de emociones alrededor de los 2 años, y en expresión facial específicamente entre los 4 y 6 años, cuando entran al sistema escolar. En ese mismo período, se les permite y refuerza expresar enojo e irritación, mientras se les restringe tristeza y miedo. No es un cableado latente que se activa: es una capacidad que se va cerrando por etapas, en tiempo real, por cómo se los trata. La tesis sería entonces que la represión emocional masculina no nace en el Pleistoceno, se construye en la infancia y se debe al contexto sociocultural. 
Teoría del apego evitativo (Bowlby, Hazan & Shaver): un hombre con ese estilo de apego no necesariamente se reprime para ‘ahorrar recursos’ en sentido estratégico, lo hace porque asocia la intimidad con el riesgo de ser controlado o abandonado. Según la teoría del apego, desarrollada originalmente para la relación temprana entre el bebé y su cuidador y extendida después a las relaciones adultas, la evitación se asocia con percibir la intimidad como un estado aversivo, lo que lleva a ‘estrategias de desactivación’, como negar las propias necesidades de apego, evitar la cercanía y suprimir activamente pensamientos y emociones relacionados con el vínculo. 
Teoría del Poder Estructural (Eagly, Wood & Diekman): en relaciones heterosexuales tradicionales, el hombre suele tener más poder estructural, mayor control de recursos económicos y más influencia en la toma de decisiones. Quien tiene menos poder se beneficia de plantear el problema, porque el estado actual de las cosas no lo favorece; quién tiene más poder se beneficia de retirarse, porque retirarse termina la conversación sin que nada cambie y el estado actual ya lo favorece. Investigación específica sobre el patrón Demanda-Retirada (Sagrestano, Heavey & Christensen, 1998) confirmó esto directamente: quien tiene menos poder de decisión en la relación tiende a asumir el rol de demandante, independientemente del género. Segun estas teorias, el hombre no se expresaría no porque esté reprimido ni porque esté fisiológicamente desbordado, sino porque le conviene mantener la ventaja estructural. 
Cuatro marcos explican la misma conducta observable de formas distintas y probablemente los cuatro explican una parte real del fenómeno. Lo que sí es consistente entre los cuatro: el hombre que se cierra en una discusión casi nunca está “sintiendo poco” por dentro, ya sea por estrategia, por sobrecarga fisiológica, por socialización infantil o por conveniencia estructural; lo que se apaga es la expresión, no necesariamente la experiencia.

¿Las mujeres suelen ponerse de mal humor más frecuentemente que los hombres?

Paralelamente a lo anterior, una de las quejas masculinas más habituales sobre las mujeres es que se ponen de mal humor con más frecuencia y muchas veces por motivos que a ellos les cuesta entender. Este tema también tiene mucha investigación y distintas explicaciones.  
Teoría evolutiva (Buss): en sus estudios catalogó 12 formas en que las parejas se influyen mutuamente, la mayoría no mostró diferencia de sexo pero dos sí: la “regresión”, que ragrupa todas las expresiones de mal humor, fue usada predominantemente por las mujeres; mientras la presión directa predominantemente por los varones. En términos evolutivos, imponer un coste emocional como el mal humor, consciente o inconscientemente, actuaría como una prueba de resistencia muy efectiva para filtrar pretendientes. Los hombres que pagan el costo de atender y reparar, señalan un compromiso real, mientras los que no se gastan mucho o se distancian, revelan su bajo nivel de compromiso. 
Teoría de pareja (Gottman): esta investigación mencionada en el capítulo anterior muestra que el 80% de las discusiones de pareja son iniciadas por la mujer mediante un planteamiento duro (quejas o tono crítico). Los hombres interpretan este planteamiento simplemente como “mal humor” o “irracionalidad” mientras por lo general hay una necesidad insatisfecha previa (falta de ayuda doméstica, desconexión emocional, falta de validación) que los varones ignoraron cuando se planteó de forma sutil. De nuevo, quien plantea el problema busca resolución, quien se cierra busca protegerse de la sobrecarga del enfrentamiento. 
Teorías sociológicas (Daminger, Weeks): parte del mal humor femenino se explicaría por una distribución desigual del trabajo doméstico y de gestión del hogar. Datos globales de referencia (Lancet): en promedio mundial, las mujeres dedican entre 3 y 6 horas diarias a trabajo no remunerado, contra 0,5 a 2 horas de los hombres, una brecha grande y consistente en casi todas las regiones del mundo. Datos de los países de la OCDE, las mujeres asumen casi el doble de trabajo no pago que los hombres por día, mientras sumando trabajo remunerado y no remunerado, las mujeres trabajan en promedio 24 minutos más por día que los hombres. Daminger, tras 70 entrevistas a 35 parejas estadounidenses, identificó cuatro fases del trabajo cognitivo del hogar: anticipar, identificar opciones, decidir y monitorear. Y encontró que las dos fases invisibles de los extremos, anticipar y monitorear, recaen desproporcionadamente en las mujeres. Weeks encuestó a 3.000 padres de Estados Unidos y encontró que las madres reportan responsabilidad primaria del 71% de la carga cognitiva del hogar, contra 45% de los hombres. El mal humor no sería entonces una táctica, sino estrés acumulado y mal repartido debido a un contexto socio cultural desfavorable para las mujeres.
Teoría neurobiológica: hay un mecanismo hormonal real detrás de esto. En los días antes de la menstruación caen de golpe el estrógeno y la progesterona, estas dos hormonas no solo actúan sobre el cuerpo, también sostienen el funcionamiento de dos sustancias cerebrales clave para el humor: la serotonina, que regula el estado de ánimo, y el GABA, el principal freno natural del cerebro contra la irritabilidad y la ansiedad. Cuando la hormona cae, ese sostén también y el resultado es una mayor facilidad de sentirse de mal humor. No es algo elegido ni una respuesta a la pareja: es biología. En su forma leve le pasa a la mayoría de las mujeres, en su forma más intensa (3% a 8% de los casos) es un diagnóstico psiquiátrico reconocido. 
Cuatro marcos explican la misma conducta observable de formas distintas y probablemente los cuatro capturan una parte real del fenómeno. El mayor mal humor femenino es un hecho pero nunca es sólo estratégico, sólo hormonal o sólo agotamiento, sino que es el resultado de todas estas variables en juego al mismo tiempo. 

El debate científico sobre los temas tratados sigue abierto, como sigue abierto el debate sobre cuánto influyen en nuestros procesos decisionales los instintos evolutivos, el contexto sociocultural, la crianza, el apego y otras variables. Cierro este trabajo de estudio y divulgación que me atrapó y me entretuvo por unos meses aclarando una vez más el propósito de todo esto: el objetivo no es justificar instintos o actitudes de las mujeres o de los hombres sino tratar de entender de dónde vienen. Ser conscientes de lo que hace cada género y de porque lo hace, nos permitiría tanto mejorar a nivel intragrupal como ser más tolerantes y respetuosos con el otro. Y quizás convivir mejor.